Discusiones más o menos, la Nueva Economía es un concepto que no recibe demasiado análisis en los días que vivimos, por dos motivos principales. Uno, porque ya se considera algo superado debido a que no supo mantener el valor que había generado en la Bolsa de Valores. Y, dos, como consecuencia de lo anterior, trae demasiados malos recuerdos a tantos que se ilusionaron en torno a él, que más vale dejarlo atrás, como el día que barre con las pesadillas de la víspera.

Pero es interesante volver a este concepto, para entender si algo de valor le queda. Lo primero es partir por la definición. Se entendió por Nueva Economía, al conjunto de compañías ligadas a la explotación comercial de Internet (las punto-com), que mediante su cotización en la Bolsa de Valores Nasdaq de Estados Unidos, generaron fortunas por la especulación en torno al precio futuro que alcanzarían. El nombre se anteponía a la Vieja Economía, compuesta por empresas que transaban productos “físicos”, es decir, que se podían ver y tocar, que generaban flujo de caja y a las cuales se podía ir a fin de año para ver cuántas utilidades habían generado.

Las punto-com en cambio, sólo eran máquinas montadas en torno a una buena idea –casi siempre-, a las cuales un par de inversionistas habían dotado de capital operativo y de las que se esperaba flujos futuros. No estaba claro el modelo de negocios que permitiría alcanzar esas utilidades, pero todo el mundo suponía que en su momento llegaría. Como se demoró y la paciencia comenzó a fallar, los inversionistas pararon el capital y las empresas comenzaron a cerrar. Y como ellas lo hicieron, quien dependía de esos ingresos –medios de comunicación, proveedores de computadores y tecnología, la bolsa en último término-, siguieron la caída.

Visto lo anterior, hay que ser bastante optimista para suponer que de eso, es decir de la Nueva Economía, se puede extraer algo positivo. Pero, aunque no quiero pecar de optimista, sí lo hay. Para demostrarlo, sólo hay que ir a la base de esas compañías y entender cuál era la apuesta que hizo a muchos poner más de lo que tenían, para levantar esas compañías. Además del legítimo afán de tener estacionado un Lamborghini en la puerta de la casa, era la confianza de saber que Internet provee una serie nueva de herramientas, que facilita la comunicación entre las personas y que la plataforma tecnológica que encabezan los computadores y que continúa más allá, con las redes y otros elementos físicos de comunicación, corresponde a una forma más barata y asequible de estar en contacto e intercambiar bienes y servicios, ya no dentro de la ciudad o el país, sino más allá de las fronteras físicas o mentales de cada comunidad. Y más aún, esta serie de herramientas que llegaron de la mano de las compañías basadas en Internet no cayeron junto con ellas, sino que se han quedado, completamente validadas por sus beneficios.

¿Enfrente de qué estamos entonces? Pues de algo parecido a la máquina a vapor, o a la electricidad. A la primera le tomó 100 años en ser adoptada globalmente e influir directamente en una mayor productividad. A la segunda, más de 80. Porque en ambos casos, se tomaba la forma de trabajo anterior y se le aplicaba la nueva tecnología, con lo cual no se obtenía el máximo provecho que generaba el cambio, sino que sólo una parte de él.

Pues la Nueva Economía, que nace de esta nueva tecnología la estamos comenzando a ver. Cuando declaramos impuestos desde la casa o la oficina, sin movernos. Cuando vamos al banco, compramos o regalamos desde una pantalla, ganando tiempo e información a un menor costo. Es decir, cuando cambia el paradigma. Eso es lo que está pasando en esos días y desde este momento hay que estar atento a los negocios que surgirán. Porque en esas compañías, sí se debe invertir.

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