Entre el 1 y el 13 de octubre próximo se jugarán seis partidos de ajedrez entre el actual campeón mundial Gary Kasparov y un computador en el que correrá un programa llamado “Deep Junior”, que ostenta el récord de no haber perdido un juego contra un oponente humano en los últimos dos años.

La competencia tendrá el agregado de que ofrecerá un premio de un millón de dólares y marcará el inicio de una disputa anual de este tipo, organizada por la FIDE, la organización mundial de este deporte. De esa bolsa, Kasparov se llevará la mitad por sólo presentarse y 300 mil más, si es que gana.

“Si es que gana” porque cabe recordar que en 1996 el ruso, que ha sido el mejor humano jugando ajedrez de los últimos 17 años, le ganó a Deep Blue, un computador dedicado a este juego creado por IBM. Y que al año siguiente perdió contra la misma máquina.

No obstante, en esta ocasión se tomarán ciertas providencias, como por ejemplo, que habrá un equipo de cinco expertos supervigilando el juego, ya que en 1997, tras su derrota, Kasparov alegó que hubo extrañas modificaciones al programa durante el juego… aunque la denuncia no pudo comprobarse. Por lo tanto, dicho comité se encargará de que ello no pueda ocurrir ahora ni en los sucesivos torneos de este tipo.

Otro elemento interesante a considerar en este torneo que se llevará a cabo en Jerusalén, tiene que ver con Deep Junior. Este es un software comercial desarrollado en Israel y que se vende por 100 dólares; fue desarrollado para correr en multiprocesadores y, a diferencia de Deep Blue, no necesita una tremenda computadora para funcionar, ya que corre bien hasta en un portátil.

Por lo tanto, con todos los elementos sobre la mesa, cabe preguntarse por qué aparecen tan atractivas las competencias entre humanos y máquinas.

Probablemente la primera respuesta tenga que ver con el hecho cierto de que es una de las pocas ocasiones en que ambos se ponen al mismo nivel para intentar dirimir quién es más hábil en el juego. Está claro que el software tiene la capacidad para procesar mucha más información por segundo que el humano. También está claro que en el ajedrez esa capacidad es bastante decisiva a la hora de determinar qué tipo de movidas se debe realizar y las consecuencias que de ella emanarán.

Una segunda respuesta viene por el lado de las capacidades que están adquiriendo las máquinas para procesar información y de allí a la inevitable pregunta de que si eso significa que la máquina piensa, y por lo tanto, si será posible en un futuro cercano que las máquinas tengan inteligencia a partir de esa habilidad.

Y una última respuesta tiene que ver con la idea de que el ser humano es mucho más que inteligencia, ya que tiene implícita una carga de emotividad e intuición que la trasciende, la cual no puede ser emulada por una máquina.

Y probablemente aquí esté el punto. En la medida que las máquinas se van acercando a los humanos en la habilidad de procesar información, probablemente tenemos la tentación de creer que ellas nos puedan superar y hacer más y mejores cosas que nosotros. Quizás si en un mundo basado en ellas, no hubiese tanta contaminación. Los tratos serían más justos ya que las reglas no se romperían tan fácilmente como ocurre entre las personas. Y así, para adelante, su programación permitiría varias ventajas evidentes.

No obstante, pienso que nos enfrentaríamos naturalmente al hecho cierto de que en un mundo basado sólo en ellas no habría tanta creatividad, ya que habitualmente asociamos ésta a la capacidad humana de imaginar y basarse en esos sueños para crear nuevas realidades.

Por eso estas competencias son tan interesantes. Son las que nos permiten ver cómo los límites de lo desconocido se van achicando, cómo la ciencia y la tecnología nos ofrecen más respuestas y cómo más áreas nuevas salen a la luz.

Por eso suena muy razonable lo que dijo Kasparov después de perder con Deep Blue: “Pienso que la competencia sólo ha comenzado”.

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