En San Francisco, bella ciudad que mira al mar en la costa oeste de Estados Unidos, el sistema operativo Linux vio cumplido un sueño que probablemente su creador ni siquiera se puso por delante: conquistar el mundo.

Linus Torvalds, un programador finlandés de 21 años en esa época, necesitaba de un sistema operativo tipo Unix para su computador. Así que comenzó a trabajar para hacer uno que se pareciera a Minix (un derivado de Unix que se usaba para enseñar en la universidad), que cumplía con trabajar para el procesador 386 de Intel.

Para conseguirlo hizo varias cosas brillantes. Primero, claro, hizo su trabajo. El mismo se encargó del kernel del nuevo sistema operativo, que viene a ser como el centro de todo. Luego, publicó un aviso en un grupo de noticias de Internet, invitando a otros a apoyarlo con programación e ideas. Era la versión 0.02. Y por último, creo un sistema de veras colaborativo para que todos los participantes pudieran estar enterados de las últimas novedades sobre el sistema operativo y aportaran con lo suyo en la tarea.

El tiempo y los buenos resultados hicieron el resto. El sistema operativo comenzó a funcionar realmente bien, muchos jefes de sistemas comenzaron a confiar en él para aplicaciones realmente importantes y pronto llegaron aplicaciones comerciales que estaban basadas en dicho sistema operativo, a transformar el paisaje de las salas de servidores de las grandes compañías.

Pero faltaba algo. Y eso comenzó a pasar el año pasado y el actual. Fueron hitos bastante concretos. La base instalada de máquinas con Linux, superó los 10 millones. Aparecieron servicios de renombre mundial, basados en ese sistema operativo, como por ejemplo, el servicio de búsqueda de Google. Y, lo último, ocurrió en San Francisco en la primera quincena de agosto, cuando Sun se unió a lo que había hecho antes IBM, al anunciar que sus computadoras tendrían Linux en su interior. Y, más aún, su máximo ejecutivo, Scott McNealy, explicó que sus propios empleados usarían máquinas con Linux en un programa orientado a reducir costos de operación de su compañía. A eso agregarían un proyecto para que una línea de sus estaciones de trabajo también estuvieran equipadas con ese sistema operativo para venta a público.

Probablemente quienes estén un poco ajenos al mundo de las compañías de computación, verán con poco atractivo estos anuncios. Pero no hay que escarbar mucho para entender su real significado. Desde que el sistema Unix comenzó a ser usado en los años ’70, toda compañía que hiciera computadores quiso tener uno propio. Así IBM hizo AIX; Sun hizo Solaris, HP hizo HP-UX y así para adelante. Incluso Microsoft intentó lo propio, pero mantener la relación con el escritorio le obligó a que su NT se pareciera más a Windows que a Unix.

Por eso, que Linux esté ahora dentro de computadores de marcas reconocidas es algo de veras notable. Y, si consideramos que todo este vuelco hacia Unix motivado por Linux y su éxito como producto, fue generado sólo por una buena idea y las hábiles manos de una persona –el finlandés Linus-, el título de esta columna hace mucho sentido. Para conquistar el mundo sólo se necesita eso. Y ganas de hacerlo, claro.

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