Obligaciones del web

Mi última columna titulada “Dos horas de Internet” despertó variadas reacciones entre los lectores, especialmente porque estaban muy de acuerdo en varios de los planteamientos, pero especialmente, porque lo que allí planteaba entrañaba una serie de requerimientos para las organizaciones que desean contar con su sitio web en Internet.

Entre quienes me escribieron hubo coincidencia en señalar que hay una serie de instituciones especialmente las pertenecientes al Gobierno y el sector público, que tienen la obligación –sino legal, por lo menos moral- de hacer que sus contenidos puedan ser vistos por todo tipo de usuarios, sin ponerles trabas de ninguna especie.

En este sentido, aparece en primer lugar el cumplimiento que se debe dar a ciertas buenas prácticas para el desarrollo de sitios, tales como tener páginas de inicio de poco peso y rápida descarga; que no tengan contenidos que requieran de programas especiales para ser vistas; que esté escrita en un lenguaje entendible y con buena ortografía y finalmente, que cada vez que un usuario le envíe un correo electrónico, reciba una respuesta dentro de plazos que se consideren adecuados.

¿Por qué se le ponen estas normas tan altas a los sitios públicos? Básicamente porque se trata de instituciones que tienen como misión llegar a toda la ciudadanía y que por lo mismo, no pueden poner trabas de ninguna especie para quienes desean acceder por vía de la tecnología a los contenidos que ofrecen.

Pero éstas no son las únicas normas que deben cumplir. Existe otro grupo, que va más allá de las buenas prácticas, que debería plantearse como meta a ser cumplida. Nos referimos con ello a las normas de accesibilidad, que son los estándares técnicos para el desarrollo de los sitios web, a través de los cuales se garantiza que su contenido puede ser interpretado adecuadamente por software que ayuda a personas que tienen discapacidades.

Por ejemplo, dentro de dichas normas se cuenta con una forma de organizar y presentar los contenidos de manera jerarquizada, de manera tal que cuando una persona ciega o con la visión disminuida acceda a la página y avance por su contenido con un software que lee los contenidos en voz alta, el sistema pueda determinar cuáles son los más relevantes y distinguirlos dentro de los demás contenidos que muestra la página.

Otra norma se refiere al tamaño de as tipografías usadas en los textos e indica que debe expresarse en porcentaje y no en unidades fijas, para que si un usuario desea agrandar la letra para ver mejor lo que lee, pueda hacerlo sin problemas.

En fin, como se ve, se trata de iniciativas que no requieren de una programación muy fuerte, sino más bien de conocimientos muy concretos sobre la experiencia que tendrán los usuarios que accedan a dichos sitios.

La pregunta del millón es si otras organizaciones, como las comerciales o educacionales tienen la misma necesidad de cumplir con estas normas. Podríamos decir inicialmente que no, ya que no pesa sobre ellas la misma obligación de acceso universal que tienen las del sector público. Sin embargo, si consideramos que todas ellas atienden al mismo público, nos damos cuenta que las necesidades de accesibilidad están repartidas por toda la sociedad y no debería ser que una persona que haga un trámite de manera simple en un web público, luego se vea impedido de hacer otro parecido en el sitio web de una empresa privada, simplemente porque ésta no considero los criterios de accesibilidad en su desarrollo.

Si vemos lo mucho que le ha costado al país adaptarse físicamente para ser más accesible para los discapacitados (por ejemplo, ha tomado más de 20 años construir rampas de acceso a los edificios y veredas para quienes andan en silla de ruedas) y ello quedará más patente con la próxima Teletón, nos damos cuenta que nuevamente la Internet nos da una oportunidad única.

Se trata de construir un espacio digital que no discrimine y que abra amplias expectativas para todos quienes los visiten, sin discriminarlos por nada, excepto por su interés por el contenido que se muestre.

Y para lograrlo, el gasto no es increíblemente alto o fuera de los límites, sino que se apenas consiste en trabajar de una manera distinta a la tradicional.

Dado lo anterior, nos queda claro que quienes trabajan construyendo sitios web y quienes se los encargan, tienen una obligación con sus usuarios. Es la hora de comenzar a cumplirla.

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