Cuando Steve Jobs habla y presenta algo al público – que siempre será “su” público- pareciera que el mundo se detiene y que sólo hay espacio para lo que tenga que decir.

Me pasó en una feria MacWorld en San Francisco, donde tuve la oportunidad de escucharlo en primera fila. Mostró los iMacs y las bondades de ciertas redes. Para hacerlo contó con el apoyo de gente fantástica: deportistas, cantantes, actores. Todos allí, a su lado, sonriendo. Tan lejos, y tan cerca, como diría U2.

Lo que pasa con Jobs es lo que ocurre con Apple: es el sino de quienes tienen una verdad, su verdad, y que están dispuestos a mostrarla sin ánimo de convencer, sino que sólo con el afán de que tengamos otra visión de la realidad. Un buen ejemplo fueron los computadores Macintosh, que cambiaron la forma de hacer computación.

Algo similar está ocurriendo hoy con unos aparatos llamados iPods que permiten grabar música en un disco duro y llevarla en el aparato para escucharla cuando se desee. Todo eso, hecho de manera simple e intuitiva. Casi sin esfuerzo. De hecho, de su última versión se indica que tiene espacio para 10 mil canciones, que pesa menos que dos CDs y que está hecho para Mac y Windows.

La gracia detrás de ambos desarrollos ha sido que Apple se las ha ingeniado para que exista una verdadera “religión” detrás de sus productos, a través de la cual se persuade a las personas de que existe otra forma de hacer computación, diferente a la que Microsoft y su ubicuo Windows, pregona por el mundo. Y esa manera es la de Apple. Y Jobs, claro.

Parte de esa forma de hacer y vender productos, tiene que ver con conseguir que sean los propios usuarios los que den a conocer la marca y la forma de usarla, y que ellos se encarguen de contarles a los demás de esa nueva vía. Un buen ejemplo en torno a lo iPods lo demuestra el sitio ipodlounge.com al juntar fotos enviadas desde todo el mundo, que muestran a personas usándolo.

Lo mismo ya se había hecho en los ’80 con el Macintosh. El encargado de conseguirlo fue Guy Kawasaki, que dirigía el área de marketing de Apple en esa fecha y que acuñó el término “evangelistas” para designar a quienes hacían el trabajo de anunciar el nuevo producto y convencer, casi sólo con su fervor, de las bondades de lo que vendían. En su libro “Rules for Revolutionaries” explica que fueron esos evangelistas “los que hicieron exitoso a Macintosh. No eran empleados ni accionistas, sino que creían que Macintosh era una buena noticia y se la contaron a la gente. Formaron grupos de clientes, dirigieron demostraciones gratis, hicieron clases sobre Macintosh y ordenaron los Macintosh que se mostraban en las vitrinas en todo el mundo”.

Por lo mismo, lo que vemos ahora se parece tanto a lo que ya vivimos, que queda claro que el impacto deberá ser igual. Y además, queda demostrado que no puede haber una oferta tecnológica ganadora que no traiga detrás un cambio en la vida de la gente que la usa y que la lleve a destacar sus bondades, contagiando a los demás para que la usen.

Así las cosas, en la última MacWorld de hace una semana, Jobs volvió a mostrar el iPod, con renovadas capacidades, después de dos años de su exitoso lanzamiento. Y, cabe preguntarse, ¿qué pasa cuando él habla al mercado? Pues, que todo el mundo se queda escuchando y ocurre algo mágico. Muchos, si es que no todos, miran (miramos, en realidad) lo que muestra y decimos: Yo también quiero uno.

Es la magia de los evangelistas tecnológicos.

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