Cuando uno sueña es porque elabora aquello que quiere conseguir de una manera idílica y a partir de allí se las ingenia para ver la forma en que transforma aquello en realidad. Si el sueño es enorme, el logro probablemente también lo sea.

Pienso en eso al creer que cuando se lanzó el Sputnik en octubre del año 57, hace sesenta años, miles de personas (en especial estudiantes) se dieron cuenta que el horizonte de lo que se podía alcanzar quedaba un poco más lejos, gracias a la posibilidad de mirar al espacio y ver que una máquina humana pasaba cada cierto tiempo y, usando equipamiento especial, escuchar las señales que emitía.

El satélite Sputnik I en una foto de la época (imagen: Nasa).

En Chile hoy estamos en algo parecido gracias al Suchai y los proyectos que le siguen, gracias al trabajo que se está haciendo en la U. de Chile.

Los sueños están hechos de lo que uno quiera y son del tamaño que uno imagine.

 

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