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Temas relacionados con periodismo digital y la industria de las noticias.

Para entender los datos necesitamos metadatos

Creo que una cosa ha llevado a la otra y no me he logrado sustraer de ese ritmo. Me refiero a que en las semanas pasadas he abordado un tema que me ha movido a tratar otro adicional que está cerca y relacionado. Así que vamos de nuevo con esta explicación de datos y metadatos, que para efectos de lo que ha pasado en las últimas semanas se vuelve relevante.

Comencemos con los datos. Nos referimos con este nombre a cualquier objeto que está publicado y de lo que podemos ver sus características. Por ejemplo, de una foto tenemos datos concretos como su fecha, su contenido, su autor. Podríamos decir que los datos en este caso corresponden a lo visual.

Junto a eso, aparecen los metadatos que habitualmente se producen y entregan información de apoyo. Los metadatos de una foto son su tamaño, la descripción de su contenido (en varias redes sociales eso lo genera un algoritmo), la fecha de publicación, el texto con el que se acompaña, el tema del que se trata ese texto y así en adelante. Podemos decir, por lo mismo, que  los metadatos son aquellos elementos que acompañan y describen al dato.

Por ejemplo, si se trata de una red social, los metadatos que se agregan son aquellos que ayudan a explicar las principales interacciones que se generan a partir de una publicación. En un post anterior describí algunas de ellas y corresponden, como en el caso de Instagram, el tiempo que el usuario estuvo detenido ante una foto, si la agrandó para verla con más detalle, si hizo click en la foto de perfil para ver a quien la publicó. Todo eso queda registrado y ayuda a definir qué más se le muestra a continuación a la persona que está haciendo esas acciones.

Como se entenderá, la recopilación de metadatos es lo más relevante porque permite registrar los intereses y a partir de eso, es posible perfilar a la persona con ciertas características que ayudan luego a mostrarle publicidad y ligar a nuevos contenidos que le sean relevantes y adictivos.

La velocidad de respuesta

Lo que viene asociado a esto es algo un poco más interesante. Es el hecho de que a medida que se cuenta con más metadatos, es posible que se puedan programar respuestas automáticas que se gatillan cuando se cumplen determinadas condiciones. En este sentido, en la medida que se obtengan más de este tipo de “anotaciones” sobre los contenidos, será más directa la acción de los algoritmos disponibles.

En este tiempo que estamos viviendo, en que cada vez tenemos más datos pero peor información debido a la existencia de noticias falsas que se producen a propósito para desviar la atención de las personas, queda más en evidencia la necesidad de que se puedan generar metadatos que ayuden a separar lo real de lo falso mediante procesos automáticos.

Por ejemplo, si hubiera un metadato tipo “huella digital” de lo que se produce por inteligencia artificial, sería más simple marcar ese tipo de contenidos para separarlo de lo real. Un paso simple y concreto que ayudaría en la entrega de información que por estos días es rápida y sin demasiado espacio para la verificación.

Basarse en metadatos no es una solución simple, pero tengo la sensación de que es un camino real que puede ayudar en esa tarea.

Algunas ideas sobre negocios a partir de contenidos

Hacer clases de cómo crear contenido digital en un tiempo en que los algoritmos deciden lo que los usuarios están mirando, se está volviendo una tarea difícil. Es como enseñar modales a un grupo de personas que se tratan mal y consiguen lo que quieren en base a la fuerza. ¿Para qué portarse bien si con rudeza llegas a la meta? Esto se traduce en el hecho de que un contenido puede ser viral por la magia del algoritmo, más que por su calidad propia.  Entonces, ¿para qué molestarse en hacerlo de manera correcta?

Aún así, sigo adelante. Creo que hay una gramática inherente a lo digital, es decir, una forma de hacer las cosas que lleva a que se trabaje de manera adecuada y se utilicen los materiales de que se dispone en la forma correcta.

De las certezas acumuladas en estos años, podríamos citar las siguientes:

  • Los banners son invisibles. Hay evidencia acumulada al respecto desde comienzos de este siglo y aún así se siguen haciendo y vendiendo, como si funcionaran. Lo que sí logra su objetivo es un  mensaje contextual adecuado; es decir, si tu audiencia tiene interés comercial el aviso será contenido; de lo contrario, nadie lo verá. Por eso, hay que saber dónde utilizarlo.
  • El video tiene un tiempo de retención bajo, lo que implica que luego de los primeros 10 segundos habrás perdido a gran parte de la audiencia que lo comenzó a ver. Lo terminarán los convencidos del tema, lo que obliga a preparar mensajes audiovisuales con esa condición: lo relevante debe ir al comienzo. A menos que la historia sea tan buena que igual la quieras ver.
  • La conversión es una tarea compleja, por lo que hay que enfocarse en los números. Las cifras internacionales y las locales muestran que alrededor del 3% de los que llegan a un momento de decisión terminan comprando. Ese dato ayuda a entender que se trata de un esfuerzo complejo en el que hay que poner entusiasmo y dedicación. Y que si tienes números superiores, lo estás haciendo muy bien.
  • Hay que reunir la audiencia y luego vender. Se trata de dos tareas diferentes que se pueden hacer simultáneamente, pero desgasta a quien la emprende. Entonces, primero los juntas y luego les ofreces. No son esfuerzos que se puedan unir de manera simple ya que no siempre logras cubrir las necesidades de las personas en el minuto en que estás sólo buscando que te compren lo que tengas para ofrecer. 
Pensar en negocios

Lo otro que tenemos que tener en cuenta (de nuevo, basado en mi experiencia) es que a quienes hacen contenidos les cuesta pensar en negocios. Y puedo decir también lo contrario, quienes están sólo en los negocios habitualmente se enfocan en la venta más que en cualquier otro aspecto. Prueba de ello es la poca dedicación que se le da a la descripción de los productos en los sitios de comercio electrónico (podemos volver a ello más adelante).

Si nos enfocamos sólo en las personas que hacen contenidos, lo que sugiero es que si quieren comenzar pongan la mayor parte de su esfuerzo en entender el flujo que va desde que la persona ve un producto hasta que lo compra. Normalmente se lo representa con la figura de un embudo (ancho arriba y angosto abajo, como se ve en la siguiente imagen) ya que son muchos los que llegan y poco los que compran.

El embudo de conversión en la versión de Damián Romero.

Ese proceso de conversión debe ir acompañado de una experiencia de uso que se propone desde el área de contenidos. Sin embargo, lo que sugiero es que vaya junto a  aquellos elementos que ayuden a las personas interesadas a encontrar la información que les ayude con su decisión. Si es un producto, medidas, peso, colores; si es un servicio, características y formas de usarlo; si es una idea, conceptos y personas que le otorgan atributos.

Pero no hay que parar allí. Hay más que agregar. Si la persona toma la decisión y compra, esa acción sale de lo digital y pasa a lo físico, por lo tanto hay otras áreas involucradas, tiempos de respuesta, personas que intervendrán. Y, junto con todo ello, hay costos asociados, de los que hay que enterarse. Por último, hay lo que se conoce como retorno de la inversión (ROI), es decir, aquello en lo que siempre está pensando la persona del negocio: en cuánto tiempo lo que se invirtió en poner en marcha todo este proceso podrá entregar resultados que hagan rentable todo lo que se ha gastado.

Si llegaste hasta aquí no queda más que decir que el proceso es árido: todo esto hay que ponerlo en la ecuación para entender que no basta con el contenido. Hay que sumarle el flujo de trabajo (las personas que participan), la experiencia de uso (la UX) y lo que se muestra en la pantalla (la UI) para lograr que el contenido digital cumpla con lo que se puede lograr a partir de él. Complejo, sí, pero abordable.

Tiempo de hacer memoria

Uno de los elementos más interesantes que trajo el 50º aniversario del golpe de Estado en Chile fue la aparición de una gran cantidad de nuevos materiales de información que estaban dispersos y fueron recuperados o bien, organizados para ser presentados mediante diversos productos digitales.

En las últimas semanas fueron muchos los que aparecieron y que tuvimos la oportunidad de revisar. Sin embargo, son más de los que es posible acceder en este corto tiempo, por lo que hice este recuento de los que me parecieron más notables. Es de esperar que puedan seguir disponibles para dar la oportunidad de revisarlos.

Audio

En el espacio sonoro destaca por lejos el trabajo de Proyecto 50, que fue transmitido como podcast diario por diversas plataformas y por radio Universidad de Chile, entre el 23 de julio y el 11 de septiembre, con guiones de Andrés Kalawski y Ximena Jara. Su narración permitió entender lo que pasó antes y después del golpe, uniendo clips sonoros con narraciones de lo que contaban los medios. Especialmente fuerte es escuchar los nombres, edades y filiaciones de quienes fallecieron.

También en audio, Ciper volvió a publicar el trabajo de las periodistas Patricia Verdugo y Mónica González, quienes en 90 minutos recopilaron los principales momentos sonoros de la época. Se trata de un “documental sonoro” con sucesos previos al golpe y el minuto a minuto del 11 de septiembre de 1973. Allí se cuenta que este trabajo se presentó en 1986 y que ambas periodistas “pasaron siete meses cortando y pegando audios recopilados por el locutor Ricardo García, para confeccionar una pieza periodística precursora del podcast”.

Video

Como trabajo audiovisual aparece en un lugar importante el trabajo hecho por Vergara 240, sitio de estudiantes de Periodismo de la UDP en conjunto con TVN. Se trata de un recuento minucioso de lo que ocurrió cada uno de los 50 días previos al 11, a partir de lo que decían y mostraban los medios. Una recopilación que ayuda a entender visualmente lo que se veía y sentía en esos días.

Otro espacio de interés es el que ofrece la Cineteca de Chile del Centro Cultural La Moneda con su espacio de los 50 años. Allí es posible encontrar una colección de 86 películas (incluyen registros, documentales y ficciones) que abarcan diferentes visiones de lo que estaba ocurriendo en la época y permiten construir una historia visual de la época.

Documentos

En otro espacio digital que vale la pena revisar se encuentra la recopilación de diferentes tipos de documentos sobre la época que fueron organizados y puestos a disposición de los interesados por Ciper. Mediante un buscador y colecciones ordenadas, en “Papeles de la Dictadura” es posible consultar y revisar todo tipo de elementos, desde cartas a mensajes presidenciales, pasando por reportes judiciales.

En un tono similar, aunque mucho más simple, vale la pena revisar los documentos presentados por el Archivo Nacional en relación con lo que fue rescatado desde el Palacio de La Moneda, tras el incendio posterior al ataque.

Reportajes

Aunque hubo mucho y de diverso tipo, creo que lo más novedoso vino de los medios “nuevos” en el país. Vale decir, de aquellos que se instalaron en el último año a reportar en forma habitual acerca de lo que nos pasa. De allí, probablemente las miradas diferentes.

En este sentido me pareció muy atinado el trabajo de “Revista Anfibia” para mostrar de manera detallada al “Primer civil de la Dictadura” con la revisión de lo que hizo Alvaro Puga tras el golpe. Con textos de Juan Cristóbal Peña, ayuda a entender mucho del entorno político de los civiles apoyando a los militares que estaban en el poder.

También me pareció muy adecuado lo de “El País” para pedirle a 50 figuras nacionales que nos ayudaran a pensar sobre los tiempos que vienen, mediante “una idea para mejorar la convivencia democrática en Chile”. Bien elegidas, estas personas ayudan a entender las diferentes visiones del país que nos toca vivir.

Columnas de opinión

Para terminar, un par de opiniones. No las mías sino las columnas que me causaron la mayor impresión. “El asesinato de Chile” escrito a días del golpe en 1973, revela la visión de su autor (el historiador Eric Hobsbawm) sobre lo que iba a ocurrir y deja de lado esa extraña idea de que el golpe era inevitable.

Por su parte, la ex presidenta Michelle Bachelet hace muy buenas afirmaciones. Por ejemplo: «El mayor aprendizaje que podemos rescatar de esta conmemoración es que no se puede abandonar la labor de construir memoria y desarrollar políticas para garantizar el nunca más». Y, precisamente, acerca de lo que no puede volver a ocurrir, se refiere el escritor Pablo Azócar en «Frivolidad«.

Como todo lo que he reseñado antes, vale mucho la pena darse el tiempo y revisarlo. Para entender estos 50 años, hay que aprovechar la oportunidad de hacer memoria.

Delia, la Comisión y la desinformación

En pasadas columnas he abordado el tema de la desinformación porque creo que no lo tratamos como un fenómeno relevante, que afecta todos los esfuerzos que se hacen en la actualidad para dar a conocer lo que está ocurriendo. En todos los ámbitos y sin distinción de ideologías o tecnologías. 

Por ese motivo, lo incluyo siempre dentro de los temas que enseño ya que sin importar de lo que se trate, cuando hay que ofrecer información al público, es muy relevante saber que esas mismas personas que están recibiendo mi mensaje, actuarán con escepticismo frente a lo que les planteo. Por lo mismo, tengo que ofrecerles razones para que me crean y para que desconfíen de comunicaciones que contradigan la evidencia que les estoy entregando.

En este empeño estoy haciendo una acción mínima, que es ofrecer mi punto de vista acerca del problema. Creo que el primer paso es tomar conciencia de que es una situación real, que está vigente y que afecta a cualquier espacio de información: medios tradicionales, mensajes corporativos, publicaciones en redes sociales, lo que estamos comentando con amigos en nuestra aplicación de mensajería habitual.

La desinformación —entendida como información falsa creada o compartida deliberadamente con la intención de engañar, según MediaWise— está aquí entre nosotros.

Delia Vergara, entrevistada en la Escuela de Periodismo UDP.

Por eso, me gustó escuchar lo que tenía que aportar acerca del tema la conocida periodista Delia Vergara (una de las motivadoras para que yo estudiara esa carrera), que fue entrevistada hace unos días por Paula Escobar en la UDP. Hablando de las noticias falsas, las calificó como “un arma letal” y planteó la necesidad de que las personas sepan distinguir “lo que es verdad y lo que es mentira”.

“En este momento se usan las noticias falsas como un arma, es un acto de guerra con la democracia, de guerra con la convivencia (…) estoy a favor que se estudie y se entienda de qué se trata”, dijo.

El trabajo de la Comisión

Por supuesto al comentar que se debía estudiar, ella hacía referencia al trabajo de la Comisión contra la desinformación que fue levantada desde el Gobierno con el objetivo de revisar el fenómeno. Su sola aparición (a través de un decreto) motivó una serie de reacciones, dado que se la vinculó con las ideas de censura y cancelación, por decir lo más simple.

En comparación, la entrega de su interesante primer informe la semana pasada estuvo rodeado de silencio. ¿Qué dice? Básicamente describe la investigación académica en torno al tema y explica que “en los últimos cinco años varias investigaciones en el contexto chileno dan cuenta de altos niveles de exposición, credibilidad y propensión a compartir información que resulta ser falsa”.

Destaca hallazgos tales como que “en estos estudios la exposición y la credibilidad en informaciones factualmente falsas fue más alta en personas con uso más intensivo de redes sociales, sobre todo entre aquellos que reportaban usar estas plataformas para informarse, y en personas más jóvenes, sobre todo los menores de 25 años”.

Lo relevante del problema es que gran parte de lo que ocurre en las redes se genera en plataformas que no son controladas localmente. Es lo que indica Claudio Huepe, científico chileno que trabaja en Estados Unidos, estudia el fenómeno hace mucho tiempo y, de paso, critica la forma en que se instaló ese tema en Chile.

Sobre las redes sociales señala que “no van a cambiar sus políticas por lo que diga Chile. En ese sentido, Chile no existe en esta conversación y no tenemos mucho poder para cambiar las tendencias”.  Por lo mismo, su llamada es que nuestro país “tenga una postura a nivel internacional” sobre el tema, y la Comisión ayuda en ese sentido.

Agreguemos que la misma preocupación está instalada en muchos países. En el medio Vergara 240 (también de Periodismo UDP), se publicó esta entrevista a Luis Botello del Centro Internacional para Periodistas. No vacila en describir que “el escenario de la desinformación en Latinoamérica es grave” y que “la desinformación está creando desconfianza no solamente en los medios de comunicación, sino también en las instituciones democráticas”.

De lo que dice se pueden sacar varias lecciones. La que más me gusta: “es un momento para estudiar periodismo porque cuando hacemos esta profesión en tiempos de incertidumbre, tenemos la capacidad de ser innovadores. Pero si no innovamos, no estudiamos, o no experimentamos; definitivamente la profesión morirá”.

De allí que me interese escribir de este tema y que me lleve esa tarea a clases. Es el momento adecuado para hacerlo.

Llueve información falsa

Mi señora me muestra un video que muestra cómo una persona se desliza en un flotador sobre una calle anegada por la lluvia: eso es en Talca, me cuenta. Le creo.

Lo interesante del caso es que la información no viene de un medio de comunicación que habla de la tormenta que en estos días afecta al país, sino que de la publicación de una persona en una red social. Sigo pensando en el flotador y en cuánta información irá a moverse por las pantallas en estas jornadas, declarando una u otra emergencia y quedará instalada en el recuerdo, aunque no haya ocurrido.

Fenómenos masivos de información como los que generan este tipo de eventos son momentos especiales para que se despliegue gran cantidad de noticias sin lograr que se pueda establecer si es real, falsa, adulterada, preparada para la ocasión o vaya uno a saber qué.

¿Cómo saber qué es cierto y qué no? Esta semana el profesor Ramón Salaverría destacó la publicación de una investigación sobre los efectos que tuvo en España un curso para personas mayores de 50 años, en el que se les enseñó cómo distinguir información verdadera a partir de publicaciones de Whatsapp. 

El curso fue preparado por MediaWise del Poynter Institute de Estados Unidos y allí se explica que mientras “la información errónea es información falsa que se comparte aunque no se tenga la intención de engañar”, la desinformación “es información falsa creada o compartida deliberadamente con la intención de engañar”. O sea hay mala intención de por medio.

Sin embargo, hay más. Porque como explica Claire Wardle, que ha estudiado el tema, “hay siete tipos distintos de contenido problemático colocado en nuestro ecosistema de información. Se sientan en una escala, que mide con bastante flexibilidad la intención de engañar”. En la siguiente imagen está la tipología que desarrolló:

La imagen muestra la tipología de tipos de información a la que hay que prestar atención.

Ella explica además que las redes sociales se hacen parte del problema por su capacidad de difusión. “Una vez que sin darse cuenta se difunde un artículo, imagen, video o meme engañoso o fabricado, la siguiente persona que lo vea en sus redes sociales probablemente confíe en el afiche original y decida difundirlo. Esos “átomos” luego suben vertiginosamente a través del ecosistema de información a gran velocidad, impulsados por redes de par a par”.

Como las imágenes que de seguro pasarán por los celulares de los chilenos preocupados de lo que ocurre con las lluvias en el país.

¿Qué hacer entonces?

Estamos frente a una situación real. La información problemática seguirá fluyendo e inundando los espacios informativos de la gente interesada en saber qué pasa en su comunidad.

Quizás lo único que haya que hacer por ahora, en tanto no haya otra forma, es adoptar una actitud crítica con lo que se ve. A nivel personal y por cuenta propia. Tener una mirada crítica con lo que recibe y comenzar a evaluar: ¿procede de una fuente conocida? ¿Lo que muestra está en las noticias y es validado por algún medio que nos dé confianza? ¿Hay alguien chequeando esta información de manera independiente? De más está decir que en el país hay varios sitios haciendo este trabajo, como Mala Espina y Fast Check. por citar algunos de ellos

Lo otro, es tomar el curso online de MediaWise (está en español) que es el mismo que se usó en el estudio del profesor Salaverría. En ese reporte se concluyó que “se puede apreciar que haber realizado al menos 5 de las sesiones de curso tiene una incidencia positiva en la capacidad de los participantes de identificar si los titulares son verdaderos o no lo son”, así que podemos decir que funciona.

Para terminar, me remito a un breve párrafo del libro “El desafío digital” de María Laura García y que tuve el privilegio de presentar justo ayer en la UDP (y que recomiendo).

Ella escribe: “En las redes sociales, la información que nos hace sentir cómodos, aquella que viene a reforzar nuestras creencias, prejuicios y expectativas, nos es presentada casi en bandeja; mientras que a la información que nos incomoda y nos obliga a cuestionarnos nuestras ideas y convicciones hay que buscarla y esforzarse para encontrarla”.

Por eso nos pide: “Todos y cada uno de nosotros tenemos que crear y organizar nuestro menú informativo. La base de un buen menú informativo está en la variedad, en la capacidad de ampliar nuestra mirada, de sorprendernos y de poder cuestionar nuestra propia manera de ver las cosas. De esta forma, nos aseguramos de estar bien informados, nos tornamos más tolerantes e inclusivos, y reducimos la posibilidad de convertirnos en lectores o consumidores radicalizados”.

Vale la pena invertir en buscar mejor información porque eso garantiza construir una sociedad mejor.

Peleado con las noticias

El dato concreto que motiva esta columna lo entregó en junio pasado el Digital News Report 2023, que dan a conocer cada año el Instituto Reuters y la U. de Oxford con datos para varios países (incluyendo de América Latina). La información indica que un número creciente de personas elige no ver las noticias. Le llaman “evasión selectiva”.

“Registramos altos niveles continuos de evasión selectiva (personas que dicen evitar activamente las noticias, a veces o a menudo), con una tasa general de 36%: son siete puntos porcentuales por encima de la cifra de 2017, pero dos puntos menos que el año pasado”, dice el documento.

El gráfico muestra la información del reporte Reuters-Oxford sobre evasión de las noticias.

Entre los países con la mayor tasa de evasión está Argentina (46%). Los autores del reporte local indican que “si bien no constituyen novedades ni la polarización ni la desconfianza relativamente alta en los medios, jamás estuvieron tan elevados los niveles de desinterés y de evasión activa de las noticias”, manifestando cierta esperanza de que las elecciones puedan traer de regreso a las audiencias. Con los resultados electorales de esta semana, habrá que ver, ya que lo que se sabe del fenómeno es que las personas evitan las noticias cuando “se repiten en exceso o que se consideran ‘emocionalmente agotadoras’”.

Qué hacer a cambio

Con la evidencia a la vista y teniendo como referencia que las personas consumen contenidos cuando se entregan de acuerdo a sus necesidades, da la impresión de que si la entrega de noticias se realiza mediante una experiencia de uso adecuada lo más probable es que se consigan cambios en la manera en que se consumen.

De allí que me puse a considerar otras formas de ofrecer noticias que ayuden a las personas a elegir cómo consumir la información de lo que ocurre a su alrededor. Llegué a estas cinco posibilidades:

No es noticia pero está pasando: se trata de aquellas cuestiones que afectan a la sociedad pero que rara vez llegan a los medios debido a que se trata de temas que evolucionan lento, no dan para noticias (que habitualmente se enfocan en lo dramático y negativo). Esto lleva a pensar que muchas veces lo verdaderamente relevante queda fuera de los medios y eso evita que haya interés por lo que se publica. 

– No es noticia pero lo están informando: son las típicas informaciones de las que están llenos los medios últimamente. Mucho clickbait, poca sustancia. Sin embargo, su existencia es material que puede ser buscado por ciertas personas de la audiencia, por lo que lo más probable es que deban tener alguna presencia.

– Dame las malas noticias pero resumidas: la idea es que te pueda contar lo que está pasando pero en simple y rápido. Hay algunos medios que ya están ocupando este espacio, por ejemplo CNN ofrece 5 things (5 cosas) que es un noticiario en audio de 3 a 4 minutos con lo más relevante. 

– Cuéntame todo excepto eso: la oferta en este caso es que el medio filtre lo que quieres evitar. Por ejemplo, sé que en estos días hay unos programas de televisión de los que todo el mundo habla. ¿Qué pasa si no me quiero enterar? Pues, la idea es que el medio ofrezca un filtro que saque ese tipo de noticias de la pantalla. Ya lo he visto en newsletters de empresas con activar un opt-out (excluirse de algo) para ciertos temas. 

– Si tuviera que saber una cosa, ¿cuál sería?: esto se refiere a la posibilidad de que el editor a cargo del tema te diga que es lo relevante a saber en un tema determinado. Hay buenos ejemplos en varias partes, pero si me permiten, me quedo con El Mostrador Semanal a cargo de Iván Weissman, que da cuenta de lo relevante en materia económica. Aunque los medios de este tipo están llenos de noticias cada día, su newsletter llega dos veces a la semana, sólo aborda los hechos relevantes y la redacción ayuda a enfocarse en lo que importa. Es decir, el editor cumple su papel como se espera.

Por último, los cinco métodos anteriores requieren de dos componentes. Uno es el flujo de trabajo adecuado para llegar a los contenidos que correspondan y el otro, dotar al espacio digital de la tecnología necesaria para hacer operativo cada sistema. Creo que habrá usuarios que agradecerán su existencia.

Lo que sabemos de contenidos digitales

Desde que empecé a trabajar en contenidos digitales tuve la necesidad de entender tanto los materiales como los métodos de producción. La premisa inicial a mediados de los 90s era que si bien se trataba de contenidos, había que adaptarlos a los materiales en que se iba a presentar y ofrecerlos de acuerdo a las necesidades de las personas que lo iban a consumir.

Con el paso del tiempo adoptamos la arquitectura de la información como el método para organizarla, la experiencia de usuario como el mecanismo para ofrecerla y la usabilidad como la medida de la calidad de lo que estaba ocurriendo en la pantalla. Esos tres conceptos siguen estando vigente y, con algunas mejoras y adaptaciones, las seguimos enseñando y presentando a quienes se internan en estos ámbitos.

Asimismo, hay otros elementos permanentes que se siguen enseñando con algunas adaptaciones. Por ejemplo, que las personas leen poco y por eso hay que escribir de acuerdo a esa realidad. Que la tipografía aparece como un material clave para ayudar a la lectura. Que los enlaces son el material mínimo indispensable para contar historias. Y que se debe pensar en el negocio, ya que hacer sostenible la práctica de la profesión es lo único que permitirá su supervivencia.

El gráfico muestra el paywall de The New York Times, que es la guía de la industria.
Aprender lo nuevo

Lo que ha cambiado y que para este curso constituye material nuevo, es el uso de nuevas tecnologías para crear contenidos, como son los modelos de lenguaje e inteligencia artificial para crear textos o imágenes.

Otro aspecto al que hay que darle espacio es el rol que tiene la desinformación y fake news en la forma en que las personas entienden el mundo, llevamos muchos años enfrentando el problema y pocos resolviendo ese tema.

Adicional a esto hay que abordar el concepto de estrategia de contenidos, cuyo objetivo es vincular lo que se muestra y entrega en la web y redes sociales, con los objetivos que tiene el negocio del que habla la información.

Pero, lo central y a lo que hay que dedicar tiempo, es a la necesidad de contar mejores historias. Quizás sea lo más relevante que vamos a trabajar y aunque esté al final, sea lo que tenga la mayor prioridad. Las historias son las que nos mueven, por ellas vivimos, creemos y avanzamos en la vida. Así que, sin más, que comience el semestre. 

Spoiler: no leas lo que sigue

Me gusta la palabra spoiler (en español espóiler) porque representa muy bien un significado complejo: revelación de detalles de la trama de una obra de ficción. Al buscar su traducción no da la misma sensación, porque se propone destripar como su significado.

Pero, sigamos. La idea que surgió tras ver esa película esta semana fue que sería interesante hacer algo atractivo en contenidos cuando aparece algún tipo de información que requiere de aclaraciones, pero que me gustaría leer después de haber experimentado los datos más relevantes. Es decir, evitar los espóiler que le quiten la gracia al relato.

Entonces, imaginen esto. Una crítica de películas que tenga un punto de entrada que ofrezca una lectura sin espóiler o con espóiler. Si se elige el primero, no quiero que me comenten la trama ni me cuenten nada que me arruine la experiencia antes de tenerla. En cambio, lo segundo, ayuda a complementar lo que ya se sabe porque agrega información y ofrece más perspectivas a lo que ya se conoce.

Algunos ejemplos

A raíz de la película Oppenheimer el diario The New York Times se la juega por una solución atractiva con su guía gráfica para entender a los personajes que aparecen referenciados. De hecho la presentan de esa manera: “Aquí hay una guía para ayudarte a realizar un seguimiento de los personajes y eventos de la vida real de la película”.

Lo entretenido es que hace una mezcla interesante: muestra las actrices y actores de la película pero hace referencia a las y los personajes de la vida real.

¿Cuál es su único problema? Está lleno de spoiler y no los declara. Deberían hacerlo.

La imagene muestra la publicación sobre Murakami en el diario The Guardian

Otro caso en esta misma línea lo entrega el diario The Guardian con la sección “Dónde comenzar con” (Where to start with) que ofrece una guía para iniciar la lectura de un escritor clásico. Se trata de textos cortos que ayudan a entender a un autor con explicaciones simples de su biografía y referencias a sus obras más populares.

Por ejemplo, en el caso de Murakami (del que he estado leyendo en los últimos meses) que fue el destacado de la semana pasada, sugieren comenzar por Tokio Blues (Norwegian Wood) y seguir por la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (The Wind-Up Bird Chronicle).

En síntesis, la idea de que un medio se transforme en un apoyo en la exploración del mundo que nos interesa es una tarea que vale la pena intentar. Creo además que se podría hacer una oferta de información para “antes” de entrar a un tema (sin ningún adelanto que arruine las sorpresas); otra diferente que ayude al tiempo que podíamos llamar “durante” y que apoya la revisión del mismo y, finalmente, una guía más definitiva para el “después”, que incluya todas las revelaciones abiertas y a la vista.

De esa manera se estaría cumpliendo el rol de ser una compañía permanente para entender y disfrutar con entusiasmo lo que sea de tu interés.

Dos ejemplos de baja tecnología y alto impacto

Como parte habitual de mi trabajo está la búsqueda de nuevas herramientas y capacidades que le den soporte y le aporten sentido y valor a las narraciones que se hacen mediante plataformas digitales. Por lo mismo, me encanta cuando encuentro ejemplos de espacios en los que se usan tecnologías de baja intensidad pero de alto impacto.

Pero antes de seguir, digamos que por “baja intensidad” me refiero a aquellas capacidades que no se toman toda la pantalla sino que generan interacciones a nivel mínimo y a medida que la persona va consumiendo el contenido. Un ejemplo contrario, es decir de alta intensidad, sería algo como Snowfall o la revisión política del vecindario en que vives. En ambos casos, la historia se cuenta alrededor de la tecnología.

En los casos que me interesa destacar en esta entrega, los gestos técnicos ayudan a contar la historia y le aportan elementos de valor, pero lo importante es que lo que se relata no se construye en torno a un prodigio de software sino que se apoya en esa capacidad. Y esa diferencia me parece interesante.

Dos ejemplos recientes

Los dos ejemplos de este tipo vienen de publicaciones realizadas hace algunos días en The New York Times, un medio que sigo con interés por su calidad de contenidos y su capacidad de innovación permanente.

El primero es The Art of Translation que narra la permanente lucha de los traductores por llevar un texto de un idioma a otro. La gracia de su actividad es que dudan mucho y eso es lo que recoge el artículo y, gracias a su capacidad tecnológica, se reproduce esa tensión permanente entre el autor y el texto. De hecho, desde el título en adelante, está presente lo complejo de su tarea.

La imagen muestra un ejemplo del artículo sobre cómo se hacen las traducciones.

El segundo es el artículo How the Manga Was Translated for America que cuenta cómo se han presentado en Estados Unidos las obras de Manga, que es el nombre que reciben las historietas ilustradas de origen japonés. Lo interesante en este caso es que se utiliza la información gráfica de manera creativa, partiendo desde el hecho de que los libros japoneses se leen de atrás hacia adelante como que los globos con los textos de los relatos se escriben de arriba hacia abajo y no de izquierda a derecha.

La imagen muestra una parte del artículo sobre cómo se traducen las historietas japonesas.

Lo interesante es que en ambos casos la interacción que se ofrece genera una conversación entre el contenido y la persona que va siguiendo el relato, que es impulsado y facilitado por pequeños gestos interactivos.

Creo que este tipo de elementos son los que hacen la diferencia y que van permitiendo ofrecer una nueva gramática digital que le saca todo el provecho posible a las capacidades que la tecnología le agrega a las características del relato.

La necesidad de transparencia en los medios

Un par de experiencias de los últimos días han mostrado el rol que juega la transparencia de los medios de comunicación cuando están cumpliendo la tarea de ser quienes nos cuentan qué pasa en el mundo.

Cada vez que lo hacen se juegan la confianza que tiene en ellos la audiencia que los utiliza y, por lo mismo, cualquier error tiene un efecto inmediato.La primera y más cercana evidencia en este sentido es la tormenta que está viviendo por estos días The New York Times, debido al cierre de su sección de deportes para dejar la responsabilidad de esa cobertura al sitio The Athletic, que cubre deportes y que fue comprado por la empresa hace un año.

¿Cómo nos enteramos? Además de lo que se conoce por muchas vías, lo supimos gracias a la cobertura del propio medio que lo informa como si se tratara de cualquier hecho noticioso ajeno a ellos. Por ejemplo, detalla que los periodistas le enviaron una carta al dueño, que se juntaron con él y, como corresponde, ofrece trascendidos de ese encuentro.

Además, a través de los comentarios del artículo, es posible llegar a más datos y avanzar en el conocimiento del hecho. Es decir, el artículo se transforma en el punto de partida para entender el contexto, incluyendo la discusión sobre el sindicato y las pérdidas financieras ligadas al negocio. Informan aunque les afecte hacerlo.

Otra experiencia similar fue cuando la Defensora del Lector del diario “El País” de España criticó a su propia aplicación móvil, por ofrecer una mala experiencia de usuario. Escribió al respecto:  “¿Es suficiente el esfuerzo para asegurar que el canal principal de lectura de los suscriptores sea una buena herramienta y se convierta en una vía de captación y fidelización en vez de en lo contrario? Esta defensora cree que no. A día de hoy, la aplicación no está a la altura de sus lectores”.

Esclavos en The Guardian

Un caso más extremo es lo que hizo el diario inglés The Guardian en marzo de este año, al publicar una serie llamada Cotton Capital que fue el resultado de una investigación histórica de dos años de duración para descubrir las relaciones entre los fundadores del diario y la esclavitud. Su foco fue la relación entre John Edward Taylor, que fundó The Guardian en 1821, con negocios ligados a la esclavitud o bien, con socios que hubieran sacado provecho de esa ella.

Imagen del reportaje de The Guardian sobre los lazos de sus fundadores con la esclavitud.

La Dra. Cassandra Gooptar, historiadora y especialista en el tema y quien estuvo a cargo del proyecto, concluyó que nueve de los 11 financistas iniciales del diario “tenían diversos vínculos con la esclavitud transatlántica, a través de la cual generaron su riqueza. Esta investigación se suma a un corpus cada vez mayor de trabajos en este campo. Espero que sirva de trampolín para otros estudios que tengan como eje central las vidas y las historias de las personas esclavizadas”.

¿Por qué decidieron investigar esto? Pues, porque como resultado del movimiento Black Lives Matter en 2020, muchas organizaciones decidieron revisar su pasado para entender su relación con la esclavitud y el colonialismo. En el artículo en que explican esto, añaden: “The Guardian estuvo a la vanguardia de la información sobre este extraordinario movimiento, pero no podía hacerlo sin mirarse también a sí mismo.”

Como resultado, la empresa dueña pidió perdón por su pasado y comprometió diversas acciones en relación con esa situación, incluyendo financiamiento para acciones concretas.

¿Cómo andamos por casa?

La verdad es que en Chile no hay mucho que mostrar sobre transparencia –en este estilo–, porque los ejemplos casi no existen; salvo Ciper que ofrece muchos datos acerca de cómo se financia y la manera en que trabaja, no hay otros casos de este tipo.

Ahora, si miramos la vara alta que deja el diario inglés, ni siquiera nos acercamos al necesario “pedir perdón” por el rol que los medios jugaron en su momento en la historia nacional.

Un artículo escrito por profesores de Periodismo de la UC para responder a la pregunta “¿Cómo contribuyó la prensa al quiebre de la democracia chilena?”, recoge una reflexión de la «Comisión de Verdad y Reconciliación», establecida en 1990 para investigar las violaciones a los derechos humanos en la dictadura:

«Finalmente, no puede olvidarse –en la descripción de la fase última de la crisis, 1970-1973– el papel jugado por los medios de comunicación. No en todos ellos, pero sí en algunos, especialmente escritos, de vasta difusión –y de ambos bandos–, la destrucción de la persona moral de los adversarios alcanzó límites increíbles, y se recurrió para ello a todas las armas. Presentada así en ambos extremos, la figura del enemigo político como despreciable, su aniquilamiento físico parecía justiciero, si no necesario, y no pocas veces se llamó a él abiertamente»

Dado que vamos a cumplir 50 años de ese período y que subsisten varios medios de comunicación de esa época, cabe preguntarse: ¿se ha avanzado por parte de los propios medios en entender la responsabilidad que tuvieron? ¿Se han planteado ellos mismos la responsabilidad actual que tienen respecto de la democracia? Hasta ahora su silencio responde a esa pregunta.