Mi respuesta es “sí”. Pero en realidad debería ser “depende”: a veces necesitas que te responda una máquina.
Mientras trabajaba en la columna de esta semana llegó un mail de Substack, la plataforma que uso para enviar mi newsletter que me hizo cambiar de rumbo.
Escrito por su cofundador y CEO, Chris Best (a quien no tenía el gusto de conocer), el newsletter traía un anuncio: acaban de cerrar un acuerdo con Pangram, una aplicación para identificar textos escritos con inteligencia artificial, para discriminar si una redacción fue generada por una máquina o una persona.
Por lo anterior, si abres este texto desde la app de Substack podrás saber si este texto viene de mi puño y letra —por así decirlo, aunque use la raya como signo— o bien lo produce algún software sin mi participación.
Las máquinas avanzan
Soy de la generación que estaba en el colegio cuando llegaron las calculadoras y los profesores tuvieron que decidir si se podían emplear en clases. La respuesta fue que no. Participé del tiempo en que hubo que utilizar las grabadoras de audio para las entrevistas de prensa y luego pasar horas pasando el resultado al texto (descasettear, se le llamaba, ya que se usaban cassettes para la operación). Como periodista también, fui de los que apoyó el uso de computadores, por las ventajas que tenía sobre la máquina de escribir. Y ahora, en el rol de profesor he estado a favor de la inteligencia artificial generativa para la creación de contenidos —para mejorar la redacción, aunque no para escribir desde cero— y la revisión de lo que ya se ha desarrollado.
Mi punto es que cuando las máquinas avanzan hay que darles espacio; no son una amenaza sino que un aporte al que hay que buscarles el espacio.
Dicho eso, maticemos
Como lo planteé hace unas semanas hay espacios en que las máquinas son un aporte en la creación de contenidos y por lo tanto, es adecuada su presencia. Un par de buenos ejemplos son el sitio de Sismología en Chile, que toma la información de sensores y los representa en un espacio que muestra cuándo y dónde se produjo un movimiento telúrico y el referido a la información meteorológica con datos frescos para el momento en que se consulta. Incluso, hay que destacar momentos de alto nivel, como la recreación de un gol de Pelé del que sólo había una foto, hecho por la gente de DeepMind y Google.
Hay otros en que son un desastre. Por ejemplo cuando inventa respuestas que no tienen sentido, como se ha visto en varios ejemplos (como el de la imagen).

Como plantea Chris en su newsletter, el problema es cuando el contenido no guarda relación con la expectativa que se ofrece:
El problema fundamental no es que la gente utilice la IA, ni la calidad de sus resultados. No todo lo que se crea con IA es basura, y no toda la basura se crea con IA. El problema surge cuando hay un desajuste entre las expectativas del lector y la realidad, especialmente cuando, sin darse cuenta, presta atención a algo en lo que no hay ningún pensamiento humano detrás.
Incluso inventa la palabra Claudefishing —lo que más parece un intento de poner a otro al frente del problema— para definir el acto de crear contenidos desde cero usando inteligencia artificial sin alma.
¿Dónde está el problema?
En fin, hay mucho paño que cortar aquí, en particular cuando se trata de enfrentar el problema real de Substack (y del resto de la Internet): no hay cómo detener la creación de contenido sintético ni establecer límites a la manera de desarrollar proyectos basados en información generada por personas, con o sin apoyo de máquinas.
Esta plataforma, al igual que cualquier otro espacio de contenidos, tendrá la misma dificultad para decidir qué es bueno o malo, o si tiene la calidad adecuada para ser mostrado y divulgado. Por eso ahora nos propone el uso de Pangram para la tarea (aunque por ahí existen varios otros como GPT Zero, Copyleaks, Revise o Winston) y deja en manos de quien lee decidir lo que cree.
Como creadores de contenido, que es mi perspectiva, creo que la diferencia que podemos hacer no reside en la forma de crear —es decir, con o sin software— sino que en la confianza que generamos en la audiencia a lo largo del tiempo. Nuestra ventaja está en la historia que contamos y en la experiencia que transferimos al que participa de la actividad que desplegamos. Es decir, en la manera en que entregamos humanidad mediante el relato. Todo lo demás, como esta revisión anunciada, probablemente sólo sea ruido y no aporte mucho en la tarea de separar lo real de lo sintético.
